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A sus casi 77 años, Azariel Santander disfruta del arte como pocos jóvenes saben hacerlo. Sus manos, herederas de una basta y reconocida tradición alfarera, han dado vida a cientos de piezas de barro que esperan para deleitar a los más exigentes y variados gustos.

La familia Santander ha legado a la ciudad de Trinidad parte de su historia que data del 1892 cuando un inmigrante español transmitió sus conocimientos de alfarería al joven Modesto, pero fue su hijo Rogelio quien hizo prosperar el negocio con jarrones, tinajas, filtros para agua, macetas, y porrones, una variada producción de gran demanda entre los habitantes de la villa espirituana.

“Se dice que el primer torno que tuvo el taller fue construido con la madera de un barril de vino, y las primeras piezas no se lograron hasta dos años después. En 1963, el taller El Alfarero fue entregado al Estado cubano por los Santander, y aunque en aquel momento muchos miembros de la familia continuaron trabajando allí, hoy poseen sus propios talleres” donde fomentan esta práctica familiar.

Los secretos de este trabajo pasaron de una generación a otra, a niños y jóvenes del pueblo interesados en hacer sus propias piezas. Lo que era un rústico taller pasó a ser una escuela de Alfareros, un regalo más que este linaje le hace a la Santísima Trinidad.

Este es un oficio que, por experiencia propia, seduce. Mientras miraba a Azariel poner a prueba toda su destreza no pude evitar querer hacerlo. El barro parecía agua entre sus manos. Lo que fue una masa amorfa cobró vida en un sombrero campesino, en un porrón y hasta en una vasija para la famosa canchánchara

- ¿Alguien quiere intentarlo?- preguntó aquel Santander sin levantar la vista de la obra del momento. Después de algunas indecisiones acepté el reto.

Se levantó de su asiento, me cedió su delantal manchado por los años y horas de entrega y me dio las instrucciones básicas para que pudiera llevarme a casa una pieza original, nacida del atrevimiento, de una imaginación asustada por los nervios y de unas manos firmes que sintieron por primera vez el barro espirituano.

Agujas, arcilla, hilos y un pedazo de metal. Azariel no necesita nada más para transformar sus ideas en diseños funcionales, bellos y elegantes. Más allá del arte comercial que promueve la familia, esta es la manera que han encontrado de expresarse y crear un sello.

“Uno puede lograr en la cerámica todo lo que sea capaz de generar con las manos y la mente”.

En el 2007, los Santander de Trinidad, recibieron el Premio Especial de la UNESCO a la Maestría Artesanal, un reconocimiento a ese legado familiar que ya pertenece a esta urbe declara recientemente, Ciudad Artesanal del Mundo.

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